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How to Kill Two Birds with One Stone.

Ya habían pasado más de tres días desde que los rayos del sol no se asomaban desde ningún lado. El motivo era simple, la ceniza causada por los múltiples incendios que devastaban la ciudad poco a poco se alzaban a cada rato por los fuertes vientos. Daba la impresión de que nunca terminaba de caer cuando se levantaba como una nube que lo cubría todo. Además de eso, podría decirse que el mismo se había visto teñido por un color rojo sangre.

Entrar en detalles sobre algo así no era de importancia. Nada más podía agregarse al hecho de que toda la ciudad había sucumbido en la desesperación. Las calles llenas de gente que se despedazaba entre ellas, personas con cabeza de Monokuma que arrasaban con armas de fuego a todo ser viviente, no había rincón que no tuviera ese color carmesí.

Quizás por eso es que a Kamukura le tomó tres días alejarse lo suficiente de los restos de una Academia corrompida por Enoshima Junko. Pero a fin de cuentas, ahí estaba, parado sobre una montaña de escombros. 
— … ¿Es este… “ese” lugar?
Antes ahí mismo solía haber una puerta. El azabache fue guiado por mero instinto a ese establecimiento. Aunque… ¿Realmente podía considerarse aquello como un instinto?

Era curiosa la manera en que Izuru podía comunicarse con esa persona oculta en su inconsciente, parecía ver todo lo que él veía, como a su vez comunicarle mensajes a través en un cuerpo que ambos de alguna manera compartían.
Percibió un ligero temblor en sus piernas, generando así que el azabache abriera más los parpados, como si estuviera prestando mayor atención al lugar.
No dijo más, se adentró a los restos que quedaron de la casa de Hajime Hinata, estudiante del Curso de Reserva y persona que antes habitaba en ese cuerpo.
No había presencia de sus padres por ningún lado, pero no iba a empeñarse tampoco en buscarlos. Sus objetivos eran otros. Se paseó por los pasillos de la casa, de los cuales podía apreciarse agujeros y derrumbamientos en las paredes, producto del destrozo que causaba la gente desesperada. 

A medida que avanzaba, experimentaba una pesadumbre en su pecho, buscaba respuestas con la mirada. Cada paso dado significaba una extraña reacción en su cuerpo, obviamente sin ser producto de su propio estado anímico. Sabía, sabía perfectamente que Hinata quería decirle algo, y él, como siempre estuvo ocultando su existencia a la vez que mostraba curiosidad por la misma, no se iba a negar a escucharla. Con su colaboración sería capaz de responder quizás, alguna de esas tantas preguntas que le haría en caso de tenerlo al frente.

Detuvo su andar cuando se encontró frente a una habitación, al entrar se percató del desorden en el que fue abandonada, nada de gran valor se podía rescatar de ahí, debía ser la habitación de sus padres. Entonces, ¿Por qué? ¿Por qué Hajime le había llevado hacia ese lugar? Quedándose sin hacer nada no resolvería sus preguntas, ni podría confirmar alguna suposición basada en el análisis. Por lo que generando más desorden se comenzó a buscar algo que le fuera de utilidad.

— … —
Así es como terminó topándose con un álbum de fotos, las cuales estaban sueltas y carentes de varias páginas. Tomó asiento a un costado y se tomó su tiempo para mirarlas.
De esta manera Kamukura conoció gran parte de la vida que Hinata tuvo antes de ingresar a la Academia. Un niño normal que jamás destacó en nada, que jugaba como el resto de los chicos de su barrio, con grandes aspiraciones, que disfrutaba de distintos momentos junto a sus padres y demás familiares, quienes demostraban en las fotos quererle demasiado. Largó un suspiro.

— Sabes que mostrar esto no cambiará mi posición respecto a ti.
Aunque no lo pareciera, Izuru era consciente de la ambición que tenía el muchacho sin talento por ser alguien importante en la vida, por poseer algo de lo que pudiera sentirse orgulloso. No obstante, eso no minimizaba los actos que le llevaron a tomar la decisión de sufrir la experimentación humana como una rata de laboratorio.
— De todos los caminos, tomaste el más corto y arriesgado.
 Perderlo todo, incluso a sí mismo, para convertirse en otra persona a la cual incluso llamaron de una manera diferente. Por esos actos ambos se encontraban bajo las miradas confusas de las personas que les rodeaban. Por esos actos se creía que ambos eran una misma alma.

Sin decir más se levantó, claramente dispuesto a irse de aquella casa cuyo único propósito era el de causar inestabilidad en su cuerpo por emociones que no eran propias.

Ridículo, hasta llegó a considerarlo una pérdida de tiempo además de una visita inútil. Y ya ponía un pie sobre el pasillo cuando una puerta enfrentada a aquella por la que había entrado, le llamó la atención. Rasgada la madera de la misma, faltaba la existencia de un picaporte para abrirla. Estuvo varios segundos mirándola, antes de tomar la decisión de abrirla a base de un fuerte golpe con el pie. La puerta cayó y se encontró con la habitación de Hinata. De esta no quedaba casi nada, inclusive las paredes que rodeaban la habitación ensuciaban el suelo en forma de escombros. Halló una consola de videojuegos en el suelo, propiedad del muchacho, supuso. La alzó, como era de esperarse estaba rota y no podía encenderla. Pero si se percató de un detalle que no podía dejar de lado. La consola en cuestión tenía como seguro una funda que la cubría, la cual estaba rasgada en un punto y develaba en su interior un color blanco inusual, dado que la consola era azul. Retiró la misma para darse así con que tenía una foto, y lo que veía era su reverso blanco. El perfil de una persona de cabellos rosados sentada en una banca, cuya mirada centrada se ubicaba en la consola que tenía enfrente.

Y como si de un fuerte golpe contra su persona se tratara, pudo experimentar un gran malestar en todo el cuerpo, obligándolo así a tomar asiento en la cama de Hinata. La muchacha de la foto era Nanami Chiaki, aquella a la que había visto morir unos pocos días atrás, y la causa de sus primeras lágrimas. Kamukura no comprendía el valor que ella tenía para Hinata al menos hasta ese entonces. Se llevó una mano a la frente como si de esa forma encontrara el soporte que necesitaba, no acostumbraba a lidiar con ese tipo de malestar después de todo.

— … —esa irracionalidad, ese actuar tan impulsivo con tal de alcanzar una meta en tan poco tiempo. Ahora entendía muchas cosas que antes eran meras suposiciones por su análisis.
Por eso no podía tomar un camino más largo para llegar a ser alguien importante, creyó que el tiempo estaba en su contra, perdería sus años escolares soñando con estar al lado de los estudiantes del curso principal, y siendo una persona sin talento nunca podría estar a la altura de esa muchacha a la que tanto apreciaba. Y no podrían juntos hacer las memorias que él quería atesorar en el fondo de su corazón, hacer realidad esos sueños profundos y sinceros. 
Metió las manos en sus bolsillos, retirando así una fotografía que había conservado de los registros del experimento Kamukura, ligeramente quemada por el fuego que llevó a la destrucción a toda la Academia.

Aquella zona estaba inhabitada, ni siquiera los hombres con cabezas de Monokuma pasaban ni por mera casualidad por la falta de vida que podrían destruir con sus armas de fuego. Significaba eso cierto nivel de alivio para recostarse en esa cama. El cansancio, y el malestar anímico proporcionado por esa persona con la que compartía cuerpo, era suficiente como para que Izuru descartara la idea de salir, dado que podría causar un descuido y su posterior muerte al enfrentar solo a todo aquél que le atacara. Sin descontar, además, lo melancólica de la situación, dado que no experimentaba esos golpes desde los primeros días de pruebas, mejor dicho, sus primeros días de vida.

No pudo decir ni media palabra que quería, porque apenas sus orbes se fijaron en las fotos de esos dos muchachos su vista comenzó a volverse borrosa. Dejó la fotografía de Nanami para llevar una mano hacia su mejilla, sintiendo la humedad de la misma, producto de lágrimas rebeldes que comenzaban a salir.
Ese dolor, ese arrepentimiento, ese deseo de regresar a un pasado era demasiado fuerte, tanto que tenía su repercusión en Kamukura Izuru. Y era totalmente imposible que no se diera cuenta de ello.
— Al final, lo hiciste por ella, Hajime Hinata.

El azabache, un ser apático que conocía gran parte de los engranajes que movían al mundo, no se mostraba conmovido en lo más mínimo. Aún si era él quien dejaba salir las lágrimas de Hinata, aún si era él quien se permitía tomar un descanso, aún después de haber develado una gran verdad detrás de las acciones del chico sin talento. No mostraba pena, ni tristeza, nada, pues veía al joven como un ser humano cualquiera, que hacía las típicas cosas estúpidas por un amor que creía inalcanzable cuando no era así. Una historia tan ridículamente predecible y común, que no podía sorprenderle en lo más mínimo. Esa era la realidad, Kamukura tenía un corazón frío incluso en circunstancias como aquella, producto de la falta de sentimientos y emociones en su corazón. 

Lo que si tenía, era una curiosidad, más que por el chico en sí, lo era por saber hasta qué punto podía llegar por la esperanza de un futuro mejor, un futuro en el que pudiera sonreír sintiéndose orgulloso de su persona, aun llevando en su corazón las memorias de la chica Gamer cuyo adorno había conservado hasta ese momento, y en un futuro también, quizás.
Además, Izuru aun quería saber si entre la esperanza o la desesperación, al enfrentarse, podía resultar alguna más impredecible que la otra. Quería ser espectador de ello, pero sin la necesidad de participar, pues sabía que sería aburrido al poder predecir todos los futuros eventos.

Fue entonces cuando algo surgió en su mente, y haciendo caso omiso a las lágrimas que seguían cayendo por sus mejillas, se prestó plenamente a planificar y estructurar sus ideas. Por el cansancio pronto acabó por abrir los brazos a Morfeo, no sin antes tener una clara idea de lo que iba a hacer.
Cumpliría ambos objetivos como si matara dos pájaros de un tiro, y colocaría al muchacho en un escenario en el que fuera puesto a prueba, para ver hasta dónde podía llegar su esperanza, y si como resultado de la misma se llegaba a sorprender y a sacar una conclusión final, así sabría cuál, si la esperanza o la desesperación, era más impredecible para él.

— Te daré la oportunidad de vivir lo que tanto quieres.

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