
Behind Human Experimentation
— . . . —vaya.
Que sensación tan familiar era el dolor para Izuru, el cual sin previo aviso que pudiera atisbar por sus talentos, cayó al suelo de forma instantánea.
...
Una parálisis motora provocada por medio de descargas eléctricas. Ahora todas las piezas encajaban en su respectivo lugar. Podía percibir el grito de Minori Mitsuharu, el último grito que preveía escuchar aquél día.
Su cuerpo no reaccionaba a sus comandos, era imposible, y mucho más si la punzada era tan fuerte como si estuvieran perforando directamente su cráneo para hacerle daño.
…
Las manos de la joven rozaron su espalda, el temblor de las mismas era notorio. Izuru no habría podido voltearse para observarla, pero sabía, sabía que ella estaría llorando por lo que sus ojos presenciaban.
No era la primera vez que experimentaba algo como una parálisis, fuera el motivo que sea, pero no sería la última vez tampoco. Cuando el dolor hubo cesado aunque sea un poco, lo primero que intentaría hacer sería articular alguna palabra.
— … … … M… Min-- —gran error, porque para cuando los sonidos aflorados por su garganta alcanzaron los oídos del pelirrojo, este liberaría una segunda descarga eléctrica.
Su cuerpo no solo dejaría de obedecer a sus comandos por segunda vez, sino que este directamente accionaría de forma involuntaria en sacudones, eran convulsiones tal como los tendrían los epilépticos.
Su voz no podía dar lugar a un grito, pero… ¿Cuándo sus gritos fueron escuchados?
Izuru ya no podía percibir la voz de aquél ángel, si, dicho desde la perspectiva de un ser omnisciente y no desde la perspectiva de Izuru, quien era como un niño y la cual podría considerarse como tal, ahora tan solo estaba alejándose con el fin de detener el sufrimiento que padecía. Fue un sacrificio muy noble.
Izuru ya no podía escuchar a nada ni a nadie del exterior, no por algún traumatismo directo causado por las descargas eléctricas, no. El azabache, como mecanismo de defensa, se había enfrascado en sus propias memorias.
Pero qué mal, ciertamente.
Porque lo último que querría hacer, sería recordar cosas.
— Así que… te comportaste muy bien, Kamukura —esa no era la voz de Minori, no era la voz de ningún estudiante.
Era un médico.
— ¿Quién lo diría? ¿No? ¡Sobreviviste a otro experimento de alto riesgo! —poco a poco, iría abriendo los ojos, para encontrarse con una figura de bata blanca. Al frente de este hombre, estaba el yo de sus memorias, y el Izuru real estaría situado a la distancia como un simple espectador, una tercera persona que no podría intervenir en los eventos.
El Izuru tendido sobre la camilla de su recámara blanca y sin decoraciones, estaba vistiendo ropas chamuscadas. Su cuerpo estaba sedado, además de las pocas energías que tenía para siquiera voltear a ver a ese hombre que se paseaba por el lugar.
No era la primera vez que el azabache no tenía dominio total de su cuerpo.
— Honestamente, pensaba que morirías tras ser golpeado con objetos contundentes una y otra vez como parte del experimento. Pero claro, mis colegas estaban sorprendidos porque inclusive sobrepasaste las expectativas. En vez de aguantar treinta golpes, aguantaste cincuenta hasta que caíste por la pérdida de consciencia.
Ah. El dolor.
Qué familiar se le hacía esa sensación.
La mano de ese hombre se extendió, y con la yema de sus dedos comenzó a tocar las barandillas metálicas de aquella cama donde estaba el joven.
Ni siquiera el Izuru real como el Izuru de las memorias tuvieron gran reacción ante lo que… predecían que se avecinaba.
— Ahora, Kamukura, inclusive superaste mis expectativas el día de hoy. Sobreviviste a una descarga eléctrica de alto voltaje… accidental, quería que te matara —el hombre terminaría por quedar demasiado cerca del muchacho, y él no podía hacer nada para sacarlo afuera. Ni siquiera era cien por ciento consciente de sí mismo por el sedante que le administraron.
Su cuerpo.
No.
Reaccionaba.
A sus comandos.
— Sinceramente, odio a la gente como tú, que nace sin alma y es alabada como si fueran reyes y dioses. ¿Qué tal se siente, ah? ¿Tener todos los talentos de este mundo? ¿Qué se siente ser atendido por médicos que te detestan, pero aun así trabajan para recibir la mejor de las pagas y reconocimiento en sus campos? ¿Qué se siente, Izuru Kamukura?
Ambos jóvenes escucharon el sonido que a muchos otros en su situación llegarían a desesperar, prendas cayeron al suelo sin manera de fuera impedido. Era innegable que aquél hombre era un resentido y un envidioso, pero… ¿Realmente era Izuru consciente de ello? ¿Realmente podía llegar a sentir odio por lo que estaba por ocurrir?
No. Kamukura no tenía sentimientos. Era un chico tal como decían que era, sin corazón, sin alma. Un simple contenedor para todos los talentos de la especie humana.
Qué familiar sensación era aquella.
La de su poca dignidad siendo quebrada en un acto que『a b u s a b a 』los derechos humanos, un acto hostil y de mal gusto para el verdadero significado que le daban otras personas.
Y lo peor no era eso. Sino las risas y las burlas de aquél científico en el proceso.
— ¿¡Qué se siente ser un simple sujeto tan manipulable!? ¡¿Y a donde están tus talentos ahora?! ¡¿A dónde vas a encontrar a alguien que pueda ayudarte a salir más bajo de lo que ya caíste!? ¡No tienes familia, ni amigos, no tienes nada, NADA!
Sin sentido, irracional, irrelevante, injustificado, innecesario.
Predecible, ridículo.
Demasiado aburrido.
…
Pero aun así fue una imagen lo suficientemente fuerte como para recordar sus raíces una vez más. No solo por el acto que se llevaba a cabo, sino por la expresión tan carente de vida y nula que tenía su yo de las memorias.
Kamukura Izuru se tapó los oídos, no tenía sentido seguir escuchando o viendo algo como tal. Algo por lo que… no tenía rencor, ni odio.
No sentía nada.
Y cuando cerró los ojos, la imagen se vio cambiada, él había sido trasladado a otro escenario. Un pasillo lleno de policías muertos, sobre sus propias manchas de sangre en el suelo.
Mukuro Ikusaba y Junko Enoshima acababan de marchar de su visita. Izuru ahora era el protagonista del recuerdo, por lo que sabía exactamente lo que debía hacer.
Debía regresar a su monótona recámara, y seguir con su monótona vida a la espera de lo inevitable.
…
¿Qué era eso, que no podía recordar?
…
Su zapato pisó una de las tantas manchas de sangre, y bajaría la mirada para ver de quién se trataba. El cadáver de ese hombre estaba tendido sobre el suelo, y tan solo podía verse a unos pocos centímetros los marcos de sus lentes.
…
¿Qué era eso que invadía su pecho?
No, no era el sentimiento de odio, realización o del placer de una venganza.
Iba mucho más allá.
… Qué curiosa era la mente humana. El psicólogo tenía razón en ello, una persona nunca podría terminar de conocerse a sí mismo totalmente.
Izuru necesitó de una experiencia como la de Shinrioga Despair y la de Minori, para remontarse a un pasado, a las memorias que creía haber olvidado por completo, y allí caer en consciencia de que desde hace mucho tiempo él si había tenido un primer contacto con las emociones humanas.

Y que era, claramente, el dolor que podía causar el recuerdo de un evento lleno de desesperación.
