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Hajime's Mother

Érase una noche fría. La última perteneciente al invierno y aquella que anticipaba la llegada de La estación consiguiente.
Kamukura se hallaba tomando un tren hacia destino indefinido para el cuerpo médico, el cual nunca le quitaba un ojo de encima, pero a esa altura de su vida ya no se preocupaba por dejarle andar libremente. Eran conscientes de que su experimento humano regresaría con ellos tarde o temprano, y ninguna de sus partidas alteraría el flujo con el que transcurrían las pruebas y los experimentos.

Una época relativamente pacífica en la vida del azabache, las heridas de su cuerpo aún no se borraban en cicatrices bien cuidadas por cierta enfermera, y sinceramente no creía que algún día desaparecieran. Ya se había acostumbrado a lidiar con ellas.
Había dejado a cierta pelirosa durmiendo en el apartamento donde vivía, y era consciente que no despertaría si no hasta la tarde del día siguiente, que sería Domingo y no tendría porqué asistir a clases.
Con ropas casuales y abrigadas, una bufanda resguardando su cuello, unos auriculares reproduciendo música, con la cual luego debería trabajar con tal de refinar las técnicas de su cantante, Kamukura se bajó en cierta estación cuyo nombre quedó olvidado en un pasado. Y ciertamente no iría a ningún caso mencionarlo, no era importante.

La importancia de esta historia, es que el evento que transcurría ahora mismo no era nada más ni nada menos que un capítulo más de la misma. Era una historia cuyo protagonista no era Izuru, si no otra persona que había caído en los rincones más profundos de la desesperación, para alzarse contra él nueve meses más tarde tras haberse aferrado a la esperanza nacida por un milagro intencionado.
En cierto barrio medianamente normal, poco transitado, estándar, pero sin rayar a lo mediocre, había una casa pequeña. Una casa indistinta a las demás de aquél barrio. Hubo de identificarla como su destino únicamente por el número que situaba en la puerta.
Los golpeteos se hicieron presentes, y una voz débil se escuchó del otro lado.

— ¿Hinata? —una voz cargada de una esperanza inconfundible, esperanza que parecía haber sido producto de la escucha de plegarias a un dios cuya existencia se dudaba en Japón. Siguió a estos el sonido de unos pasos ligeros, pero apresurados. Como si su pequeño milagro fuese a irse en un abrir y cerrar de ojos… otra vez.


Y la puerta se abrió, mostrando en un principio unos ojos curiosos asomándose por detrás de la madera que le protegía… quizás de una realidad inevitable. La decepción al ver al azabache fue tan notoria que de ser otra persona de seguro ésta se habría sentido incómoda. Lo ojos de esa mujer perdieron su brillo.

— Ah… lo siento, joven —pero no su sonrisa, pese a que terminara convirtiéndose en una cordial—. ¿Qué está buscando?


— He de suponer sin equivocarme que es la madre de Hajime Hinata —claramente esa fue una respuesta que no se esperó, por lo que sorprendida ella se reincorporó abriendo más la puerta.


— Debes ser su compañero, o un amigo, ¿No? ¿Vienes por él? Lamento decirte que no ha vuelto a casa en mucho tiempo —el azabache no respondió nada, primero porque era consciente de que no sería un impedimento para que le invitaran a entrar, y porque de hablar sólo sería para decir la verdad.


Y esa mujer aún no estaba preparada para oír la verdad.


— Adelante, pasa.


— Gracias —y con la misma cordialidad con la que fue recibido, el azabache respondió a la invitación y se adentró en la pequeña casa.

El ambiente, años atrás seguramente lleno de vida, debía encontrarse ahora en su época más triste. La casa estaba descuidada, llena de polvo, algunos muebles presentaban manchas que no fueron limpiadas en semanas.


— Lamento el desorden, nadie visita esta casa, y desde hace largo rato solo habito yo en ella. ¿Quisieras que te sirva algo? Debes venir de muy lejos.


— Asuntos tales como el desorden no son de mi interés. Siéntase libre de servirme algo si lo desea, lo aceptaré de igual forma.

Respuesta fría y desinteresada, un escalofrío notorio recorrió el cuerpo de la mujer. Sabido era el motivo, la voz de Kamukura Izuru era la misma que la de su hijo, nada más que tan impasible y carente de emociones que no parecía ser propia de Hajime.
El azabache tomó asiento en el comedor, para ese entonces se había quitado la bufanda y el abrigo. La madre de Hinata más tarde regresó con una taza de café con leche, la cual fue aceptada.

— Perdón pero… ¿Nos hemos visto antes, joven? No recuerdo que mi hijo tuviera un amigo tan peculiar.


— No soy amigo de Hajime Hinata, señora, no tengo amigos en lo absoluto.


— ¿Por qué ha venido hasta aquí, entonces? ¿Es acaso un compañero que se preocupó por él?


— Tampoco soy su compañero, pero he de decir que lo conozco. Conozco su historia, como también conozco la de usted.

Una ceja arqueó la contraria tras oír la respuesta. Junto con un suspiro lleno de pesadumbre que fue liberado. Tal pareciera que su imagen para recibir invitados se descompuso en un abrir y cerrar de ojos, no podía seguir fingiendo.

— Cada día… cada día estuve insistiendo en la institución para que me dijeran dónde estaba mi hijo. Durante más de cinco meses me han dado la misma respuesta...


— "Hajime Hinata jamás ingresó en Hope's Peak Academy"

Ella asintió un par de veces, parecía contener los sollozos, ocultar los temblores de sus manos, parecía tratar de no quebrarse frente a ese desconocido. Una mujer que tenía una historia tan triste detrás, que no le extrañaba en lo más mínimo su accionar.

— Es como si su entera existencia se hubiera esfumado, ¿Sabes? No tiene sentido… incluso su nombre desapareció misteriosamente de los registros civiles. Mi querido, mí único hijo, nunca tuvo grandes amistades de niño, no tiene amigos de infancia. No sería raro que no lo recuerden… Su padre... Su padre es el único además de mí que sabe de su existencia… me trata de loca cuando le pregunto sobre la situación, se lavó las manos… y niega que su hijo alguna vez existió. Él pagaba la cuota de la institución... 


— Fue amenazado para que pagara la cuota de la institución —declaró con simpleza antes de darle un sorbo a la taza.


— ¿Amenazado…?


— Por Hajime Hinata. Su hijo jamás perdonó las acciones de su padre, los motivos de sus orígenes.


— …. ¿Desde cuándo lo sabe?


— Desconozco, señora, no me es de importancia tampoco. Solo sé que él fue consciente de que nació a partir de un abuso que recibió usted por parte de su jefe, cuando trabajaba como secretaria para una compañía que buscaba y promocionaba todo tipo de talento musical. Si la policía se enteraba que un miembro importante de la compañía había violado los derechos humanos no de una, sino de muchas mujeres, entonces se desencadenaría un escándalo capaz de dejar la institución en bancarrota. He ahí el motivo por el que accedió a pagar sus estudios en la Academia.

Nuevamente el característico escalofrío se hizo notar en la mujer. Inclusive cambió su posición en la silla, se echó para atrás y se tomó un tiempo para tomar un respiro. Luego, temblorosa tomó una de las manos del muchacho con tal de envolverlas con las palmas de las suyas.

— ... ¿Eres… eres tú, hijo mío? ¿Has vuelto a casa?

El azabache se habría tomado unos segundos antes de cerrar los ojos y negar con la cabeza. Consciente de que los, hasta ese momento cristalinos ojos de la mujer, terminarían por quebrar en un silencioso llanto.

— ¿Al menos... Sabes… qué ocurrió con él?

Sabido era que Kamukura Izuru era un ser que carecía de un sentido desarrollado de la empatía. Y siempre que decía las cosas, las decía sin rodeos y lo más directamente posible. Debido a que muy pocos o ninguno eran los colores con los que pintaba sus palabras, la historia que relató a continuación fácilmente podría haberse graficado como un disparo directo a la moral de una madre.
La historia de cómo su hijo consumido por la codicia y el deseo corrompido de ser alguien por el cual sentirse orgulloso, le llevó a involucrarse con la experimentación humana. Cómo es que nació Kamukura Izuru, un ser con todos los talentos del mundo, a partir de un chico que no tenía ninguno.
Tras dejar caer la respectiva bomba de la historia, la mujer quebró, no podía seguir conteniendo el llanto.

Ella, cuyo hijo era lo único y más preciado que tenía en el mundo, el único motivo por el que se levantaba todas las mañanas para trabajar y dar lo mejor de sí, ya no estaba. Y su cuerpo quedó bajo el control de un tercero que no mostraba la más mínima compasión o lástima en su semblante al verla llorar. Si no más bien mostraba una neutralidad tan escalofriante que en ojos de quienes no lo conocían, creerían con certeza que el muchacho carecía de vida y calidez en su interior.
Entrarse de la verdad podía ser más desesperante que vivir en una mentira llena de sueños. Pues cierto es que la vida se encarga de rasgar el espíritu de los soñadores con tajos de realidad, mientras que aquellos que despiertan de su sueño son prácticamente lanzados al vacío para caer en cuenta de lo que tienen al frente.

¿Quién diría entonces que, una visita realizada con la pura intención de contar lo ocurrido con un desaparecido, terminaría por quebrar el alma de una madre para quien el desaparecido en cuestión significaba su mundo entero?

Izuru sabía que esto ocurriría. Y es por eso mismo que lo hacía. Él no creía en los sueños, porque no los veía lógicos, y no encontraba el sentido de su existencia más allá de endulzar una realidad de mayor importancia.

— No sería de extrañar si me odia por lo ocurrido. Después de todo su hijo perdió el derecho de seguir viviendo.

 

Y una débil sonrisa se dibujó en el semblante ajeno. Las lágrimas no dejaban de caer, y para ese entonces ella se las estaría limpiando sola con las mangas de su camisa.
 

— Hinata debió ser muy valiente, cuando eres padre aprendes que la valentía nos lleva a realizar actos que pueden costarnos la vida. Es mi culpa... Debí haberme dado cuenta de sus aspiraciones… y que sus deseos de ser un héroe con talento podían llevarle a esto… ¿Puedo saber al menos cómo es el nombre de quien ahora vive por mi hijo?

— Kamukura Izuru, es el nombre que se me ha otorgado.

— Bien… ahora... —y el agarre con el que sostenía la mano del azabache se hizo más fuerte, sin rozar la lesión o agresión física. Los orbes del joven dirigieron hacia aquél punto, podía percibir la calidez de una madre en ese tacto—. ¿Serás tú quien lo salve?

Y fue ese comentario el cual le descolocó por unos momentos, motivo por el cual volvió a observar el semblante de ella.
Allí fue cuando lo vio. En ese rostro empapado en lágrimas y temblores por parte del abrupto golpe que dio contra la cruda realidad, se veía en sus ojos una brillante determinación. Los patrones de comportamiento tanto como el tono de la voz hacían más latente una teoría que acababa de comprobar.
Varios atributos de Hajime Hinata podían verse en su madre. Y aquello que como determinación se caracterizaba, al desarrollarse podría evolucionar hasta convertirse en un valor capaz de sobreponer toda esperanza y desesperación.

Y ese valor, sin duda, era uno que escapaba de las manos de los analistas.

— Nunca he dado alusión a ningún tipo de salvación, señora. El cuerpo médico estima que la existencia de su hijo ha sido erradicada.

Pero esas palabras no le detuvieron en lo más mínimo. No apagaron ni opacaron esa luz que brillaba en los ojos de la mujer. La forma en que tomaba sus manos se hizo más fuerte. 

— Pero tú sabes que no es así, ¿Verdad? Si no, no hubieras venido a hablar conmigo. Si realmente hubiera sido un caso perdido, no estarías aquí ahora. Después de todo eres una persona muy desinteresada, ¿No? Lo he notado por la forma en que hablas, Kamukura Izuru. Tú tienes el derecho a vivir, pero no quiere decir que realmente desees hacerlo.
 

— …. —y se hizo silencio. Durante un largo rato el azabache no pronunció palabra alguna, más terminó dejando escapar un pesado suspiro—. No importa la trayectoria de mi vida, mi objetivo siempre será uno solo. Alcanzar la muerte. Sin embargo, si he de hacerlo ahora también me llevaría a su hijo conmigo. No puedo morir sin antes devolverle a este cuerpo a quien le pertenece. Después de todo, mis derechos terminan…

— Donde comienzan los de la otra persona —completó la frase, fascinada por las similitudes que encontraba entre Izuru y Hinata—. Eres una persona tan noble como mi hijo, Izuru. Pero…

— ¿…?

— Nunca bases tus desiciones en los consejos de una madre, Izuru. Nosotros siempre estaremos del lado de nuestros hijos.

— ¿Cuáles son sus motivos para decirme esto?

— No dejes de vivir solo porque yo quiera a mi hijo de vuelta. Un día de estos encontrarás algo tan poderoso que te motivará a vivir todos los días. Algo que te ayudará a encontrar en la vida todo aquello que te ha faltado. Y ese día, serás capaz de encaminarte poco a poco, atravesando por momento felices y llenos de sacrificios de por medio, hasta que tu espíritu se encuentre completo.
 

Y el experimento humano hubo de ladear su cabeza. No mostrando confusión, sino un gran cuestionamiento en lo que respectaba el sentido de lógica en aquella mujer.


— La esperanza en sí misma no me ha motivado a nada, señora, ni mucho menos una desesperación hacia un supuesto mundo incierto. Tampoco creo que las personas tengan completa voluntad para elegir sus futuros.


Una de las manos que en ese momento tomaba la del chico, se alzó con tal de acariciar con su palma la mejilla del contrario. Los ojos que en ese momento miraban a Kamukura Izuru eran los de una madre, una madre dispuesta a enseñarle a sus hijos lo que les faltaba aprender de la vida.

 

Porque en algún punto ella lo sabía, sabía cuán conflictivo podía ser el interior de un ser artificial como lo era él. Y todas las batallas sangrientas que podían liberarse en los rincones más oscuros de si pensamiento frío y objetivo.
Ella había sido una de las pocas personas que pudo echar un vistazo a sus demonios internos.

— No es esperanza… no es desesperación… ni es futuro… Izuru, es amor —más una sonrisa sabia, sincera y pura se asomaría por su semblante—. El día en que descubras cómo expresar tu amor, y con ello ser correspondido —con aquella mano que antes acariciaba su rostro tocó su cabeza—. Esto —y procedió luego a la zona de su pecho, en el centro, como si quisiera señalar al alma que yacía dentro suyo— y esto, van a tener otro valor para ti. La felicidad no viene cuando otra persona llega a amarnos, si no cuando nosotros aprendemos a amar a otras personas.


Los ojos del azabache se abrieron para observar con mayor detalle a la madre de Hajime Hinata, quien no tenía motivos para hacer las cosas que hacía y aún así le dedicaba unas palabras cálidas.

Parecía no comprender, confundido, pero en el fondo sabido era que no se trataba de eso. Bien en el fondo, podría decirse que el azabache no había predicho un accionar como tal en una visita que destinada estaba a acabar con la tragedia de una noticia.


— Antes de renunciar a vivir, intenta amar, Izuru. Y si lo logras… será tú turno de vivir la vida. No te preocupes por mí, pues sé que algún día podré reunirme otra vez con mi hijo. Además, sé que él sería lo suficientemente noble para aceptarlo también. Es Hajime Hinata de quien hablamos, ¿No?

Kamukura no pudo hacer nada más que asentir en silencio. Pues sabía que cualquier otra palabra dicha estaría de más. Y no era de importancia alargar una conversación que ya había llegado a su fin. Además, ese asentimiento era suficiente para dejar en claro que el mensaje había sido captado en su totalidad.
Tras esta charla, las conversaciones tomaron un rumbo más distanciado del tema de conversación inicial. Trivialidad y asuntos banales que permitieron al tiempo transcurrir hasta que salieron los primeros rayos de la mañana del día siguiente. Podría decirse que estuvieron toda la noche hablando.

Sin mucho más que decir, el joven emprendió su viaje de regreso al departamento donde residía aún como un "intruso". La muchacha, la verdadera dueña del mismo, seguramente seguiría durmiendo ahí.
Y un factor que podría hacerse destacar, es que aquella mañana, fue distinta al resto de las que tuvo la oportunidad de presenciar durante los últimos meses. A fin de cuentas, ese día era el inicio de una nueva estación del año. Una que no podía hacer acto de presencia de otra forma que no sea deslumbrando a quienes esperaban ver… en definitiva… una mañana llena de colores brillantes.

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