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The Sky Is the End of the Journey

Habían pasado diecinueve horas, cuarenta y tres minutos, doce segundos, y siete centésimos desde la muerte de Minori Mitsuharu. Los restos de su destrozado cuerpo fueron hallados en las turbinas de un avión en el aeropuerto de la segunda isla. Víctima de un asesinato triple, la aviadora experimentó por primera vez la muerte dentro del juego de matanza mutua.
Dejó, junto a la partida de Sarune y Ruka, a los estudiantes atrapados en Jabberwock Island cubiertos por un manto de luto.
Y sería la primera experiencia del azabache en ese ámbito.

Ahora bien, ¿Cómo era posible algo así? ¿Cómo era posible que un ser que no tenía emociones pudiera estar vistiendo el traje de luto sin siquiera ser verdaderamente consciente de ello?
La respuesta solo sería brindada para los lectores que conocen los inicios de una historia trágica. Para aquellos ojos que sabían todas las experiencias que colmaron las existencias de los involucrados de maneras insólitas. Formando así, el deseo de extender la vida por sobre una muerte supuestamente aceptada, y un ápice de emociones humanas. 

Era, a fin de cuentas, la historia de dos compañeros pilotando un avión con el fin de alcanzar un futuro fuera de las garras de la muerte que les acechaba todos los días de su existencia.
Porque no todo el mundo sabría que, de todas las historias y caminos que podría tomar un azabache sin motivaciones ni deseos de vivir, habría acabado tomando una ruta en la cual la sociedad le ayudara a descubrirse a sí mismo… y al peso de su existencia artificial.
Lamentablemente, el descubrimiento de uno mismo también constaba de echar una mirada en el espejo, y ver todas las cicatrices que relataban la historia propia.

Porque la muerte también formaba parte de la vida.
Y Kamukura Izuru recién estaba empezando a vivir.
—    . . . —el silencio en el aeropuerto era sepulcral. Solo podía escucharse los sonidos causados por la respiración el azabache. Siendo estos sonidos que, por estar chocando con el material de la turbina del avión, hacía eco que salía al exterior.
El Ultimate Artificial Hope, estaba junto a los restos del cuerpo de Minori Mitsuharu, Ultimate Aviator.

El entorno del joven estaba teñido por el color carmesí. La sangre de la aviadora estaba seca para este momento. Y como último agregado para la imagen general, la neutralidad adornaba el semblante del joven, pero no podía decirse lo mismo de sus ojos.
Una noche estrellada, un lugar fácil de encontrar por alguien que quisiera hacer un asesinato, como así también un lugar peligroso para la vida de Izuru si se activaba la maquinaria del avión. Muchas personas le dijeron que se bajara de ahí, y a todos les hizo oídos sordos. No se podía convencer a quien nada le importaba, ni siquiera la vida propia.

El muchacho estuvo ahí adentro por más de dos horas seguidas, acostumbrado al olor a podredumbre y a las contracturas ganadas por una mala postura.
No le interesaba en lo más mínimo.
Del cielo, a los restos, y luego al cielo otra vez. Así eran las miradas que el joven intercambiaba cada cierto lapso de tiempo.
De ella… no quedó nada reconocible.
Y sin embargo…
"El acto final se llevó a cabo en el mejor escenario. RE"
RE.
Recuerda Eso.
Dejó un mensaje para saber que su existencia acabaría en ese lugar.

El simbolismo detrás de esas palabras era claro cuando se conocía a una muchacha como ella, tan emocional, tan irracional. Minori Mitsuharu había muerto viendo su preciado cielo. El mismo cielo que ahora el azabache miraba entre sus intercambios con los restos de su cadáver.
… ¿Habría sido ésta, la muerte que ella aceptó desde un principio?
Lamentablemente, preguntas como tales no tendrían respuesta nunca, y de esas cosas el azabache era consciente.

Llegaría un punto en que, el joven de alma fraccionada en pedazos por la crudeza con la que la vida siempre le ha tratado, apartaría los ojos de los restos para centrar su mirada únicamente en el cielo. Su espalda apoyó contra las paredes de la turbina ensangrentada, y poco a poco dejó que el peso de su cuerpo lo deslizara hasta quedar recostado ahí.
Sostenía los goggles de ella con una mano, mientras que la otra solo hacía contacto con el frío material.
Unas horas más habría permanecido de esa forma y en absoluto silencio, acompañando al silencio sepulcral del ambiente en sí.

Porque ni siquiera las olas de la playa hacían ruido, daba la impresión de que la isla tenía vida y también estaba de luto.

Esos orbes carmines admiraban el cielo estrellado. Y las memorias dentro de la academia y en la isla impregnaron su mente.
¿Era esto el concepto de la trascendencia? ¿Era este el legado que Minori dejó en él?
La respuesta era compleja sin dudar alguno. Pero…

Toc

Pronto se lo sabría.

TocTocTocToc

Los dedos del azabache tocaban el material de la turbina, y este hacía su respectivo ruido. El silencioso ambiente se quebró con un único sonido.

TocTocToc

Sin embargo, este sonido tan aburrido y monótono, sería percibido por los oídos del azabache de otra forma. Él… escuchaba música.

TocTocTocTocTocTocToc

Una orden comandada por su cerebro, para escuchar música en vez de un sonido en seco. ¿Qué era esto, en un azabache tan aburrido como él?
Era su imaginación.
Kamukura Izuru estaba usando su imaginación.

【 ¡Ora! 】

Y una aviadora se habría sentado a su lado.

【 ¡No olvidaste la canción! ¿Puedes empezarla otra vez? 】

Pero esta vez, se trataba de una aviadora que había visto en un sueño una vez, y que desde entonces nunca le ha abandonado en el mundo onírico.

Minori Mitsuharu en su versión pequeña le estaba acompañando esa noche estrellada.
Kamukura observaba el cielo, y sin expresar nada en su semblante, comenzaría a tocar las melodías del piano. Y ella, con una voz dulce, comenzaría a cantar.

TocToc
【 
Twinkle, twinkle

TocToc
Little Star 】

TocTocTocTocTocTocToc
How I wonder what you are 】

En aquella noche en el aeropuerto de la isla, Izuru Kamukura y MInori Mitsuharu estaban interpretando la primera canción que él le enseñó a tocar.

El semblante amargo de un azabache que no expresaba nada, era opacado por la habilidad ingeniosa de un músico con imaginación para tocar el piano en su forma más perfecta. Él no había fallado ni una sola tecla, y la pequeña Minori le acompañó con su voz de ángel en todo momento, en toda la vida.
El cielo se iluminaba más, las estrellas brillaban con más fulgor, como si estuvieran respondiendo a la música tocada por aquellos dos jóvenes.

Era, a fin de cuentas, un par de niños buscando entre la infinidad del cielo, la mirada de aquella persona que había muerto ese día.
Y lamentablemente, el azabache nunca se daría cuenta de lo que ocurrió antes de que los brazos de Morfeo se lo lleven con él. Porque al momento de cerrar los ojos, la presión de los parpados permitiría el brote de una lágrima.

Pero…
¿Era realmente esto lo que Minori Mitsuharu dejó como un legado en Izuru Kamukura?
En efecto, no lo era.
Él antes era un muchacho que nunca creyó en el poder de los sueños. Siempre los vio como una muestra irracional de los anhelos inalcanzables. Nunca les dio importancia, ni siquiera le importaba lo que allí mismo ocurría.
Hasta que… llegó una persona para pintar su mundo onírico con los colores más radiantes, para demostrarle que la esperanza no solo se ve en la vida real, sino también en los sueños.

Porque ella había creado un mundo en donde él pudiera vivir a pleno, ella había creado un espacio donde pudiera moldear los terrenos a su antojo, y crear a las personas que quiera. Un mundo en el que ese joven que no veía el sentido a una vida, pudo permitirse expresar emociones que en el plano real tardaría mucho más tiempo en desarrollar.

Y ese… fue el legado que dejó Minori Mitsuharu.
El Camino de Sueños sin Fin de Izuru Kamukura.

 

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